El paciente número veinte

Un hombre de mi edad (60) no occidental entra gritando en mi consulta. Es el último paciente de mi listado de ecografías y de toda la tarde. Primera impresión: no pillo lo que dice; habla un castellano ininteligible. Sí que capto que está enfadado conmigo. Le miro; no recuerdo haberlo visitado antes. Mientras mi auxiliar intenta calmarle (sin éxito), reviso su historial y me tranquilizo: no he metido la pata en nada. Le hice una ecografía tres meses atrás y, al parecer, no ha quedado satisfecho con el resultado de “sin alteraciones significativas”. Le pido tranquilidad y pregunto qué le pasa. Gritos. Gestos amenazantes. Consigo colocarle sobre la camilla para iniciar la prueba. No para de moverse con lo cual el estudio no es válido. Nerviosa, alterada y harta de oírle, le mando vestir. Tardamos otros cinco minutos en librarnos de él.
      Situaciones parecidas se dan todos los días. Los médicos debemos aguantar todo tipo de impertinencias y agresiones ­–yo incluso estoy amenazada de muerte por un paciente que se molestó porque hablaba catalán con mi auxiliar. La violencia se ha instalado en nuestra sociedad. Se ha perdido el respeto, sobre todo a uno mismo. Montar un número parece normal; lo hemos visto hasta en el Parlamento. La educación se ha convertido en un valor a la baja. El ciudadano poco alfabetizado y alentado por una televisión vergonzosa no confía en nadie y cree saberlo todo. El desconocimiento provoca miedos varios, entre ellos el de padecer la enfermedad maligna del familiar, amigo o vecino.
      En el caso que menciono se añaden otros factores. En no pocos países la mujer es un don nadie y muchos hombres llevan fatal encontrárselas mandando en una consulta. El machismo es una lacra que ha aumentado en Occidente con la globalización, debido a la llegada masiva de individuos procedentes de arcaicas culturas sexistas. Otro asunto es que muchos inmigrantes temen que los ninguneemos y buscan hacerse valer por métodos agresivos; el problema no es nuestro, sino suyo: deberían tomar conciencia de que su cultura es tan válida como otra cualquiera (El escritor franco-libanés Amin Maalouf lo explica muy bien en sus ensayos). Por último no hay que olvidar que esta época incierta nos desestabiliza y asusta porque nos hace ver que no somos capaces de controlar el futuro.
      Años atrás el Colegio de Médicos de Barcelona se vio obligado a crear un departamento para gestionar las agresiones de pacientes a médicos. El ejercicio de la medicina se está convirtiendo en un auténtico peligro.



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